Lóbrega travesía

El sonido de la lluvia afuera, contagiaba una helada sensación difícil de describir, muy parecida a un sentimiento profundo de angustia, pero más errático y abisal aún. El edificio no era de los más lujosos y tenía un aspecto lúgubre y de deterioro. Se podía sentir el aroma a paranoia, y cualquier grado de percepción, por minúsculo que éste fuese, podría percibir algo similar al peligro aunque quizá no se tratase de peligro realmente. La luz era demasiado tenue para lo que el joven que acababa de cruzar la puerta de vidrio esmerilado que resguardaba el pasillo de entrada, hubiese preferido. Sin embargo la noche era tan oscura que las sombras podían encontrarse en la luminosa obscuridad, e inundaban el ya casi intento de alma de aquella persona que se aproximaba a las escaleras; como quién deposita su mirada rota en el frío del mármol antes de ser acusado en el juicio que decide el rumbo de su ennegrecida existencia. El único foco que alumbraba el lugar titilaba queriendo escaparse de aquella realidad, aquella realidad de mala muerte. Pero la mente en blanco de aquel joven, que parecía ser lo único allí que se posicionaba en ese extremo de la escala acromática de los pensamientos y del mundo (por que cuando nuestro mundo es derrumbado, la materia intangible, las energías, comienzan a transformarse en hogar), continuaba su errante camino. Las puertas de las tantas habitaciones del lugar permanecían cerradas, por lo que la soledad hacía su acto de presencia en un espacio donde solo había carne y hueso, sangre, drogas y dinero, y una mente que parecía ser todo lo que le quedaba a ese chico. Las ruinas de las malas experiencias de anónimos marginados se escuchaban a través de gemidos monetizados que solo transmitían tristeza y pena. Algunas notas musicales de carácter suicida se creaban en el ambiente, inevitablemente, por todos los factores que sugería el establecimiento. Lo único firme ahí, eran los pasos del chico que buscaba la puerta con el impertinente número siete pintado, sin contar los dispositivos del pecado que la naturaleza le otorgó al sexo masculino, erigidos por la frustración y el poder material que la infelicidad le otorgaba a esos conjuntos de carne, hueso y órganos, justamente. De no ser por el vaho maligno que merodeaba por el ámbiente, complementado por el aroma de las drogas quemadas ahí mismo, los narcóticos serían en su totalidad los causantes de las actitudes dominantes de aquel lugar, de aquel desolado lugar. Sin embargo, el ya nombrado individuo estaba sobrio de mentiras, pero no de pecados. Y su presencia ahí significaba para él, la búsqueda de lo que un rejunte de sucesos le tiró de mala gana, porque a veces la vida era menos generosa que la muerte. Sus golpes en la puerta de la habitación siete, desesperaron por una respuesta, que no parecía posible en tal carente de positividad escenario. Pero el chico estaba en busca de aquello que siempre llevó al hombre, como género, a realizar las más increíbles, tanto hazañas como atrocidades: una mujer. Una mujer por la que dedicaría su amor, pasión, atención y tanta emoción o pensamiento como le sea posible. Por que la esencia de aquella 'femme' que atravesase la mente y el corazón de un hombre podía ser peor que el más fuerte y agresivo estimulante,  por lo que si de actos influenciados bajo cualquier efecto de cualquier sustancia o fuerza ajena a la voluntad habitual del ser humano en aquel edificio se trataba, aquel sujeto encabezaba la lista de tal lugar. La melodía paranoica presente allí, volvía a ser interrumpida por los golpes secos a la puerta “de la suerte” (7). Finalmente ella atendió a los llamados del chico, y toda la energía que significaba el encuentro, se consumió en la inyección de deseo que se generó con el beso absorbente que consumó la escena. No más luces tenues, no más sombras, no más fuego negro. Solo poesía, ahogada en los gritos de la vocera del óbito, disfrazada del destino. Y en algún momento de la (inevitablemente) longeva noche, ella le advirtió que la muerte los acechaba, a lo que el joven, con voz de arpegios, le respondió: 
 - ¿Y por qué te pensás que vine?

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