Los agentes
Y los vieron caminar
por las calles de la gran ciudad
bajo la despierta noche,
riendo.
Como aves de plumaje sagaz,
surcando el olor del mar de concreto,
volando en paños de alegrías reprimidas.
Cuántas veces se dudó de sus kilómetros juntos?
El nogal de sus miradas implorando tramos infinitos,
llorando entre rieles que nunca se apagan.
El tiempo fumando memorias de tangos color cascabel,
mientras ellos contemplan el fin de los yermos imaginarios
que la noche le atribuye a las puertas anónimas del barrio.
A las dos de la madrugada, los roedores del mañana
roen los cables del ayer, se almuerzan los destellos descoloridos
que desprenden las virtudes.
Las virtudes de ellos dos,
que siempre lo fueron,
se empañan entre sí,
se tapan con mantas que parecen hechas de suerte.
Compran golpes de tambores
deshilachados de no haber sonado nunca.
Y por ahí empezó a llover.
Encandilados por el viento verde de desconcierto,
corren abajo de un goteo centrifugado, despiadado,
con un sonido de muelas.
Se atraen como un imán invisible pero de decorados microscópicos.
Sogas chocan recreando el sonido metálico de los dos,
de los dos agentes,
del dolor que causa placer,
sin siquiera existir,
del amor.

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