Voidces
Y un día, o tal vez varios, ya no lo sé, esta especie de oscuridad nos abrumó por completo. No hubo selección como tal, no hubo consideración alguna. Ya esté uno presionando su frente contra la tierra húmeda o esté agachando levemente su cabeza para no chocarse con las estrellas, todos quedamos atrapados. Mi capacidad actual de visualizar las cosas en este denso escenario solo me permite interpelar los detalles más superficiales de nuestros momentos únicos, que mediante la conocida cotidianidad, se pasan segundo a segundo. No pretendo aclamar la absurda idealización de pensar en cada pequeña fracción de tiempo como una celebración, porque además, esta situación, volvió nuestro tiempo, un cesto al cual no le podemos cerrar la tapa, hediondo, repugnante. Lo sé, porque vi la manecilla de todos mis relojes recorrer su tramposa ruta infinitamente, a veces más rápido, otras veces más lento. Pero siempre, bajo esta pesada oscuridad. “Y bien, que se puede hacer bajo este manto negruzco?” pensé yo, mientras buscaba estúpidamente el interruptor de la luz. Sí, porque es evidente que toda nuestra atención es atraída por las maravillas que son puestas ante nuestros ojos. Y también está claro que cuando nos tapan estos ojos nos esforzamos más en destaparlos que intentar no ver en absoluto, aunque sea un poco. En fín, me di cuenta rápidamente, de que nuestro alrededor no son solo luces y colores, no son solo movimientos y explosiones espontáneas. De repente toda esta interrupción de claridad se había disipado por una milésima de segundo. Había descubierto un nuevo mundo. Había escuchado. Sin embargo el necio instinto de nuestra razón me reclamó lo hipócrita de mi pensar. Si nuestros oídos están siempre en actividad, incluso cuando tenemos la luz prendida. Pero no, nunca había escuchado de esa manera. Ni a mi hablar interior, ni a los sonidos de la vida a oscuras. Y son muchos. Tantos que tuve que aprender a toda marcha a captar el crujir de las teclas de mi computadora y sentarme a escribir estos enredados sonidos . Todo se convirtió en estímulos sonoros que me ayudaron a esclarecer, momentáneamente las cosas. Y más sorprendente fue todo cuando empecé a escuchar lo que se supone que solo puede ser escuchado. Porque pude escuchar los movimientos, las luces, las miradas. Pero aún más, pude escuchar aquello que solo se puede escuchar. Los ritmos, la música, las voces. Y evidentemente, todos, algún día encontramos voces que nos cautivan más que otras, voces que preferimos escuchar en vez de ver el resto del mundo. Y me di cuenta de algo más, de que este fenómeno, inconscientemente, le reveló esta capacidad de escuchar al resto de la gente. Y ahora todos, además de escuchar, también quieren ser escuchados, incluso ser escuchados por los que continúan prefiriendo ver . “Así deberían ser las cosas”, me dije inmerso en la ahora diáfana y estirada ausencia lumínica. Intenté reconocer rápidamente las voces que yo prefería escuchar, las visualicé y me senté, a oscuras, a tratar de que puedan escuchar, de que puedan escucharme. Escucharme debajo de esta longeva y espesa, mañosa y pegajosa, impuesta bajo las crisis, naturales y artificiales de los planetas. De la, ahora mal llamada, oscuridad.
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