Espantapájaros
Yazco en este extenso pastizal que compone mi mente. Los grises decoran este escenario con una perfecta calamidad. ¿Frío? Pensar. ¿Calor? Pensar. ¿Lluvia? Pensar. ¿Viento? Pensar. ¿Dolor? Pensar. Cuando los procesos naturales consecuentes de la vida arremeten contra mis harapos, lo único que hago es pensar. Todo pasa por pensar, inevitablemente. Pero es mi abuso sobre esta acción el que genera esta rígida y prolongada perpetuidad incolora. Y en definitiva, el pensar te lleva a creer. Lo que pensás, lo terminas creyendo. Creer es el pecado que me llevó a esta ruina verduzca, a esta posición casi poética de mi alma y esencia. Pero, ¿cómo llegué a esto? ¿Cómo el creer derrocó mi excepcional cualidad de vivir libre? Y si justamente, creen, que todo este hablado llanto trata sobre algo distinto al amor, dejenme decirles que cometen el mismo error que yo cometí. No hay más obvia razón para explicar, al apagado tono de mi aura, a la disfuncionalidad de mi sonrisa y a este nuevo atuendo que luzco sin gracia, que el amor. Cómo decía, esta historia empezó porque creí. Primero pensé, pero no cómo lo hago ahora, si no de la manera efectiva de pensar, esa que rápidamente te lleva a creer. Y cuando algo es hermoso y tiene amor, el pensar sobra. Cuando algo es hermoso y tiene amor, uno cree, y cree en absolutamente todo. La convicción es algo que está marcado a fuego por el amor. Pero ¿qué es el amor, cuando “el final” está sucediendo? No, no hablo de una tragedia mayor al amor, no se asusten. “El final” no es más que mi actual descripción, que en breve detallaré. Pero antes continúo, con el creer y su relación con el amor. La conocí y creí, obviamente. Porque cualquiera que la hubiese conocido cómo yo, hubiese pensado y hubiese creído también. Mientras el pensar dice: “dejalo ir, dejalo quedarse” (al amor), uno cree y piensa: “¿nos podemos amar de una vez y para siempre?” Eso pensaba yo, que al mirarla solo quería preguntarle al frío, si era seguro el calor del verano. “¿Quién sabe?”, dijeron sus profundos ojos. Y solo eso bastó, para creer, y por consecuencia, caer. “¿Quién sabe?”
Así comenzó este desenlace. Conmigo, creyente, de ese amor. Ella, ella fue la artífice de todo eso. Sí, vos fuiste la artífice de todo esto. Pero no me malinterpreten, no me malinterpretes. Fue tu magia, esa de la que no creo que seas consciente, la que logró que yo crea. Por mi parte intenté todo para hacerte notarla, pero no alcanzó. Sin embargo, no puedo dejarte impune, no puedo dejarla impune. Porque si hay algo que no hace el amor, es dejar impunes. Yo creí, es verdad, pero estoy seguro de que vos también. Estoy seguro de que ambos fuimos víctimas de lo mismo. La única diferencia es que de las dos víctimas, vos fuiste la que se unió al mal para arremeter contra la otra. Ella fue la que se unió a eso que nos atrapó, para salvarse y dejarme todo el castigo a mi. Repito, no me malinterpreten, no me malinterpretes. No estoy culpando a nadie de nada, solo estoy repasando las cicatrices que hoy construyen mi nueva descripción, mi nuevo estatus, mi nuevo disfraz, mi nuevo nombre.
Perfectamente quieto, en silencio, gritando por dentro, viviendo una mentira. Ese era yo, creyendo. Ese era yo, reluciendo una magia que no sabía, estaba hechizando contra mi. Inconsciente por supuesto, pero efectiva, punzante. Cualquier afirmación basada en el amor, que se abandona, déjenme decirles, dejame decirte, es una mentira. ¿Pero saben qué? No importa, porque yo la creí. Entonces, ahí estaba yo, perfectamente quieto, en silencio, viviendo una mentira. ¿Y saben que dije? Sí, ella sabe lo que dije, lo sabe perfectamente. “I don’t fucking care”.
Es así, que me enseñaste a amar. Me enseñaste a amarme, a amar al verdadero yo, a ese que conocí cuando te conocí. Me enseñaste a amarte, a esa que me contaste que pudiste ser, finalmente, cuando me conociste a mí. Me enseñaste a amar, solo para dejarme ir, para irte. Y hasta el día de hoy, dónde yazco en este pastizal, envuelto en estos trapos, dónde inmóvil y de brazos abiertos parezco alabar el trunco canto de los cuervos, dónde desempeño esta nueva forma de existir, la de permanecer en el lugar de algo, de alguien, de lo que alguna vez fue un alma, para que el resto pueda seguir su curso, para que las cosas “estén bien”. Y hasta el día de hoy, con la cabeza gacha, no puedo creer, exacto, no puedo creer, que no fui suficiente. No puedo creer que no fui suficiente.
Ahora, la imagen sigue gris, pero puedo verla clara. Se escuchan violines, cortantes, tajantes. Se escuchan tapar el sonido de los cuervos. Y ha de admitir que hacen que esta foto sea aún más triste y oscura. En las imágenes en blanco y negro, puede haber en algún momento algo, que se ve a color. Esa es la vida. Depende de cada uno elegir que hacer con “eso” a color que aparece. Yo una vez le concluí, una vez te concluí, que fui esa prenda de color en tu película en blanco y negro. Esa prenda que vestía alguien que pasaba por el fondo de la imagen, que simplemente notaste y dejaste pasar. Fue difícil aceptarlo, porque creí que podía ser más que eso.
“No sos solo una prenda de color en mi película en blanco y negro, sos los últimos cuarenta minutos a color de mi película.”
Perfectamente quieto, en silencio, viviendo una mentira…
No me importa, yo la creo...

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