Asesinato

Automáticamente después de haber presenciado, ayer, tal asesinato, tuve que sentarme a documentar, una vivencia tan inusual cómo extraordinaria. Porque… ¿Cuántas veces somos testigos de algo que mata a otra cosa? ¿Cuántas veces vivimos casi en carne propia (eso sería imposible), la muerte, ahí, tan cerca? De todas maneras, tengo que sincerarme y sacarme la voz trágica de siempre para contar esta historia. No se trata de una muerte típica de informe criminalístico, ni de la detención inevitable de algún longevo y atascado latido. Simplemente fue una noche dónde, cosas establecidas hace un tiempo se despidieron por varias horas. Y fue la manera en que esas cosas desaparecieron, la que me lleva a reportar en mi memoria este aviso de muerte. Voy a empezar por aquello que estaba establecido. Hoy después de su destierro, lo entiendo mejor: la cotidianeidad, los segundos corriendo y corriendo, los despertadores, entre muchas cosas más, nos atan de forma invisible a un suelo acolchado con un gris casi imperceptible y nos acostumbran a que no pase nada o a que pase todo y que no nos importe. Estoy seguro de que sólo son objeciones mías, de que es un pensamiento puro y exclusivo de mi linealidad privada de diversión. Pero no, porque puedo explicar mi ocurrencia con recuerdos, hechos, experiencia. Hubo un tiempo en el que conocí la magia y después de unos años, a pesar de disfrutar siempre de buenos momentos, tengo presente que aquella magia existió y transformó casi todo en mi. Para redondear y definir, la cotidianeidad, lo usual, viene muy bien pero no se compara con aquel caramelo de perfecta composición que alguna vez probé. Y este sentimiento se posó en mi cómo un viejo buitre, que se alimenta día a día de mis energías. Me persigue a todos lados y oscurece un poco todo lo que alcanza. 

Pero hoy desperté y mirando el techo del gran palacio que alberga todos mis recuerdos, lo vi, ahí, muerto. Y por fin llegamos a la parte del ya nombrado asesinato: una noche en dónde las aguas magníficas y turbulentamente frías de siempre fueron representadas por unas calmas lanas de río que reflejaban de una manera única a la luna. Una noche en dónde las casualidades hicieron su número más espléndido desde que las conocí allá por mi infancia, y tuvieron un papel bastante indispensable en lo sucedido. Los rieles fueron sustituidos por libros y los ojos cambiados por oídos. Y entonces quise ser testigo, algo en mí se encendió cuando el final de ese negruzco ave rapaz llegó, otra vez. Y había estado expectante... Por eso hoy lo puedo contar. Por eso, hoy sigo pensando en cuánto quise seguir escuchándola, a la noche, dónde los haces de luz colmaron mi sentido del humor y terminaron por apagarse en mitad del chiste. Nunca creí que mi sensible alma se alegraría al ver en primera persona una muerte, nunca creí que hasta podría desear repetir la experiencia. Esta historia, no muy bien desarrollada de mi parte, porque no es mi intención que la claridad absurdamente lógica de mi pluma la embarre, constata que a aquel intimidante y grande buitre negro, que sabe rondar estratégicamente por el palacio, lo mató una flor.


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