Sorpresa

En todos mis años de trabajo en tal oscuro lugar nunca nada me sorprendió de esta manera. Entré a trabajar acá a mis 18 sin saber que iba a hacer de mi vida y mucho menos lo que me esperaría en ese espeluznante campo. Siempre lo llamé así: “el campo”. La verdad es que nunca me gustó decirle “cementerio”, me sonaba a mucha tristeza. Y no es fácil: los familiares llorando, las viejas historias paranormales de los viejos guardas, mis primeras noches, totalmente aterradoras. Pero si hay algo que puedo asegurar, en veinte años trabajando cómo sepulturero, es que jamás, nunca, jamás me sorprendí; y mucho menos, de la manera en que me sorprendí en mi última noche trabajando ahí. Nunca estuvo permitida la sepultura nocturna, por el simple hecho de que semejante acto requería una precisión y un debido respeto, digno del ritual que representa el final de esta vida. Sin embargo, aquella noche, nos llegó, a mis compañeros y a mí, un recado muy especial y por lo tanto muy específico. El patrón, de quien recibíamos las órdenes, nos dijo que alguien traía un cadáver a medianoche y que era de suma importancia su tratamiento. Nos remarcó, con un dedicado énfasis, que sigamos todos los pasos de ese “alguien” que traía el “paquete”, cómo le solíamos decir a los féretros que enterrábamos.  


Cuando el sujeto apareció, a esa hora de la noche, los otros dos sepultureros y yo nos estremecimos casi en sintonía. Llevaba una túnica negra, cómo en las películas, apenas se le veía la cara, y lo más escalofriante de todo: tenía la piel nívea cómo si del invierno más crudo en plena tundra se tratase. Muchas veces, antes de realizar nuestro trabajo, los familiares nos pedían que guardásemos flores o regalos dentro de los ataúdes, por lo que se nos permitía abrirlos para cumplir esos deseos. De todos los cuerpos inertes que habíamos visto, ninguno parecía menos vivo que aquel hombre encapuchado que nos traía un peculiar cajón para enterrar. 


Tenía un color similar al del resto, pero se notaba que era diferente. Nunca habíamos visto ese tipo de madera, y la energía que desprendía, nos dio la sensación de que aquel gran objeto no era de éste mundo. Cómo dije antes, nunca antes me había sorprendido en ese trabajo, por lo que se trataba de algo totalmente inusual. 


Previo al desenlace de ésta historia, que marcó un punto de inflexión en mi insignificante vida de sepulturero, debo confesar que lo sucedido continúa, al día de hoy, sacudiendo todos mis órganos y helando, cómo el agua de un glaciar, toda la sangre que recorre mi cuerpo. Nunca jamás, ni por toda la riqueza en el mundo, volvería a pisar un cementerio. Ahora sí, me disculpo por mi exagerado conjunto de advertencias y secretos contados, y continúo con mi relato. 


Eran las doce de la noche, pasadas. Tres sepultureros, fuera de horario de trabajo, pala en mano, cigarros y una petaca de whisky barato. Del otro lado, el hombre más extraño que alguna vez nuestros ojos vieron, con un recado que emanaba misterios ajenos a este mundo. Lo tomamos con calma, nada que en veinte años no hubiésemos visto. Pero en ese momento, algo derritió nuestras médulas, sobre todo, la mía. 


  • Usted, el del medio… - Dijo señalándome con su calavérico dedo índice. - Hágame el favor, y hágalo en serio, de mirar con atención las condiciones del cuerpo. No está sellado. 

  • Entendido.


Cada vez que mi padre, en lo que fueron todos nuestros años juntos, antes de su fallecimiento unos años antes de este acontecimiento, me decía que nunca me arrepintiera de nada en la vida, lo tomaba en serio. Y jamás me arrepentí de nada, salvo, de haber seguido las órdenes de aquel hombre, o mejor dicho, de aquella mortífera presencia. Nos internamos en el fondo de las tumbas. Aquel trabajo no tenía ningún lugar especificado, a diferencia de cómo se hacía con la gente importante. Por lo tanto, tuvimos que encontrar un lugar en el sector más recóndito del campo. En aquel momento, luego de hacer el pozo y colocar el féretro, una linterna nos llamó desde lejos. Era el jefe. Nos miramos confundidos y rápidamente mis dos compañeros lo resolvieron. 


  • Nosotros vamos a ver que quiere, vos mientras revisa el cuerpo rápido así lo tapamos y nos podemos ir de una vez de acá. - Me dijo uno de los dos, con desgano.

  • Sí, que esta noche no me da buena espina, para nada. - Confesó el otro. 


Entonces sucedió, quedé sólo, ante aquel cajón extraño. Lo destapé nervioso, casi jadeando. Vuelvo a repetir, en muchos años trabajando allí, nunca nada me había sorprendido, salvo aquel cuerpo. 


Nunca podré entenderlo, tampoco nunca nadie me creyó. Mi vida se vino abajo, por eso escribo esto desde dónde lo estoy escribiendo. Mis ventanas tienen barrotes y nadie en este lugar sabe de lo que está hablando, con excepción de las batas blancas, obviamente. Todo por esa fatídica noche, dónde aquella extraña presencia me indicó que verifique el cuerpo. Jamás volví a ver a mis compañeros, ni a mi jefe, ni a los guardas. Pero, todas las noches, en mis sueños y también despierto, lo veo: el interior del cajón. 





Vestido en un traje tan elegante y pulcro cómo el de un príncipe de la realeza, con una mueca tan repugnante cómo todo lo repugnante del mundo y con todas las facciones talladas en los huesos de la cara, estaba yo. Adornado en aquel sobrenatural féretro, con una rosa en el pecho, me vi y me sorprendí, cómo ya dije, por primera vez. Supe que era yo, porque sentí la tierra, húmeda, abrazando mi sistema nervioso. Supe que era yo, porque me sentí observado por la cara petrificada de terror del sepulturero que revisó mi ataúd antes de enterrarlo. Y qué curioso, era igualito a mi. 


En fin, cerré la tapa rápidamente y me eché hacia atrás, tratando de recobrar el aliento. Lo último que recuerdo es que mi vista se nubló y aquel hombre de piel blanca estaba frente a mí, con una sonrisa macabra. Desperté en ésta habitación, que irónicamente, tiene los mismos colores y propiedades que el interior de aquel último ataúd que vi. Sólo que éste, es más cálido. Como si aquel sepulturero, en un acto desesperado, se hubiese lanzado dentro, con el fin de hacer más agradable el viaje.


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