Cuando la Muerte llama a tu puerta

Cuando la muerte llama a tu puerta, no son muy diversos los desenlaces posibles. Las manos te transpiran y sentís que tu espalda va a traicionarte en cualquier momento. Tu visión disminuye, los ángulos se vuelven equívocos, aunque tu mente crea que estás agudizando todos tus sentidos. Los sonidos, se oyen en notas más graves y tus oídos captan únicamente melodías provenientes de órganos y timbales de iglesia. De repente, tu casa, el lugar más seguro para vos en el mundo, se convierte en un campo minado, se convierte en el escondite del enemigo. Y tus pasos son como anclas lanzadas en alta mar, eficaces pero también cruciales, sin retorno. Y al cabo de unos segundos, después del primer llamado, te intentás convencer de que la aldaba que compraste en uno de tus viajes, no se escuchaba tan cruda, de que sonaba menos al final de tu vida. No entendés porque sentís que un fénix albino te acaricia de esa manera la nuca, con su plumaje espectral. E intentás recordar el paso del tiempo, cuanto ha pasado desde que la vocera del óbito, solicitó tu presencia debajo de tu luminoso porche. Quizás deberías ignorar el llamado, hacer de cuenta que no te enteraste de nada, aunque aquella figura incorpórea situada cerca de tu buzón, haya visualizado las dos tildes del mensaje que te envío, disimulada, falsificando ingenuidad. Comprendés que tu destino nunca fue tuyo, que tus hilos siempre fueron manejados por una damisela, que se jacta de conocer todos los secretos del mundo y en realidad solo sabe los tuyos. Y toda tu vida fue una farsa y tu respirar y tu intención de despertar un día más, son humillados por una ventisca plúmbea que se cierne sobre tu mirada más inocente. Y quizás no sea tan grave, quizás solo sea tu vecino, que necesita un poco de azúcar. Pero no vas a saberlo, hasta que no atiendas, o hasta que desenrosques del suelo tus tobillos y suprimas todas estas sensaciones que se producen, como el chasquido de una cerradura que se abre, cuando la muerte llama a tu puerta. 

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